
La de Michael Jackson es una historia extraordinaria. Pero no única: él y su familia están condicionados por su tiempo, por su lugar de origen. Gary, en Indiana, forma parte del cinturón industrial de Chicago. Una ciudad próspera, de relajadas costumbres: fácil divertirse si hay ganas y dinero.
Para Joseph Jackson, esa vida nocturna es un recordatorio de sus fracasos. Joe ha sido boxeador y miembro de un grupo local, los Falcons (funcionarán al menos otros dos Falcons, con Eddie Floyd o Wilson Pickett como solistas). Padre de familia numerosa, Joe debe renunciar a la música para manejar la grúa en una industria metalúrgica. En contra del mito, los Jackson no viven en el gueto, sino en una zona residencial, en una casa modesta. Están amontonados, pero no pasan hambre. La madre, Katherine, se ocupa de ello, aportando un segundo sueldo de unos grandes almacenes.
Tanto Joe como Katherine pertenecen a la gran migración de afroamericanos que, a lo largo de la primera mitad del siglo XX, abandonan el Sur -respectivamente, Arkansas y Alabama- para prosperar en el Norte, en un clima social más tolerante, pero no exento de humillaciones. Ese periplo marca sus actitudes. Katherine disimula sentimientos antisemitas: en muchos barrios negros, los judíos controlan las tiendas y otros servicios. Joe disimula los rencores mientras busca asociarse con managers blancos que faciliten el ascenso de sus chicos.
En 1963, con ocho hijos (Janet llegaría tres años después), Joe Jackson tiene material humano para montar un grupo vocal-instrumental. Es un profesor implacable que usa la violencia física. Las familias negras están sometidas a muchas fuerzas centrífugas -el alcohol, las drogas, la delincuencia, los embarazos no deseados-, y el matrimonio Jackson no pasa ninguna transgresión. Una religión estricta -son testigos de Jehová- ayuda al control paterno.
Michael Joseph Jackson nace el 29 de agosto de 1958. Le llaman Mike y se asombran de su avidez de escenarios. En 1963, su madre le descubre imitando a Jermaine, el considerado mejor cantante de la familia. Ese mismo año actúa en su colegio, interpretando un tema del musical Sonrisas y lágrimas. Se incorpora al proyecto musical.
En 1964 los Jackson salen del cascarón. Pasan por varios nombres -The Jackson Family, The Jackson Brothers- hasta que se quedan en The Jackson 5 (cuando se suma un primo son The Jackson 5 and Johnny). Rápidamente, Mike adquiere protagonismo: dirige las coreografías, se convierte en el cantante principal.
Hay algo irresistible en ese angelote que baila como James Brown, que escenifica los éxitos de los Temptations. Incluso en locales duros, donde Mike comparte escenario con strippers, conquista el aplauso, las monedas del público. Los hermanos ganan concursos de aficionados en Gary y en el teatro Apollo de Harlem.
Entre 1965 y 1968, los Jackson 5 forjan su directo. Los fines de semana se suben a una furgoneta para tocar en Filadelfia, Chicago, Kansas City, Nueva York, Washington. Seis, siete pases cada noche. Todo sin olvidar los deberes. A la vuelta les esperan el colegio y los ensayos.
Un régimen cruel, pero ninguno rechista. Durante el esplendor comercial del soul, son miles los grupos familiares que intentan hacerse un hueco. Graban para Steeltown, pequeña discográfica de Gary, sin lograr llegar más allá. Necesitan una compañía fuerte que apueste por ellos.
La educación musical de Michael es autodidacta. Cuando graba para Motown obedece las órdenes ("los cantantes, ni rechistar"), pero se empapa de lo que hacen los técnicos, los músicos, los productores. Intuye que la cadena de montaje de Gordy ya no sirve, en los años setenta, para creadores ambiciosos. Sigue la estela de Stevie Wonder y Marvin Gaye, que han reventado las convenciones de Motown.
Sin embargo, no es tan rebelde como ellos. Para relanzarse como solista se pone bajo la protección de Quincy Jones, que tiene pátina de jazzman, pero siempre ha sabido moverse en el mercado pop. Quincy aplica su visión: selección cuidadosa de canciones, para enriquecer su paleta emocional; ampliación de su registro vocal, para alejarle de los modos aniñados de Motown; repertorio ecléctico, para llegar al máximo de público potencial.
En 1979, cuando sale Off the wall, Quincy y Michael apuntan a un mercado saturado de disco music. Ahora se requiere un cantante que, olvidando la arrogancia de los Casanovas de discoteca, también muestre vulnerabilidad. Michael, con 21 años recién cumplidos, suena como alguien que se está abriendo al mundo. Aunque Off the wall sea un producto cerebral de la maquinaria californiana de hacer éxitos, transmite juventud, exuberancia, deleite en hacer música imparable.
Con Thriller (1982) se refina la fórmula. La credibilidad pop se garantiza con la presencia de Paul McCartney en The girl is mine, la guitarra rock de Eddie Van Halen incendia Beat it. Y se aprovecha al máximo un costoso medio de promoción: el videoclip, perfecto para los asombrosos bailes de Michael.
Según la leyenda, la MTV -inaugurada en 1981- no programa vídeos de artistas negros. CBS se pone dura y amenaza con cerrar el grifo de sus videoclips si no se emite Billie Jean, de Michael Jackson; la cadena claudica.
Bob Pittman, uno de los fundadores de MTV, puntualiza esa versión. Aún reconociendo que se prefería a los rockeros fotogénicos, explica hoy que el veto se aplicaba a figuras como Rick James que ofrecían erotismo grueso: "Éramos conscientes de que Michael se había convertido en una superestrella con Off the wall; íbamos a apoyar todo lo que saliera de Thriller".
Tras los vídeos de Billie Jean y Beat it, llega el monstruo: Thriller, con sus 14 minutos de metraje y el equipo del realizador John Landis.
Michael Jackson se transforma en la primera estrella global, reconocible e imitada en los cinco continentes. Tal vez Bob Marley haya logrado mayor impacto musical, pero el reconocimiento visual de Michael no tiene equivalente.
Todo lo demás es historia.
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